Frío
Es de noche. Hace frío. Estoy solo. A lo lejos las luces de la gran ciudad. Sobre mí el cielo inmenso plagado de estrellas distantes y luminosas. Estrellas radiantes, sí, pero frías, siempre frías como esta noche, como esta existencia inútil. Perdido en medio de la montaña, en medio del bosque. Buscando escapar de todo y reencontrarme con la nada, con esa bella e inasible nadería de mi vida sin sentido. No hacen falta ni mapas ni brújulas para llegar a la muerte. Sólo hace falta un buen momento y un repentino deseo de dejar de existir. Perderse. Es tan bello perderse en la montaña. Escuchar los sonidos de los insectos que no se inmutan por mi presencia puesto que para ellos no soy otra cosa que un insecto más. Insecto bípedo y erecto con años de evolución sobre mi espalda. Más valdría no haber cambiado en nada para ajustarse a la sabia naturaleza sin haber logrado jamás ajustarse a su sabiduría.
Es de noche. Hace frío. Sigo solo. A lo lejos las ciudades. Dentro de ellas miles de habitantes cobijados por el calor de sus sueños. Miles de parejas consumando otro eslabón en la evolución sin sentido. Buscan escapar de sus pensamientos pensando en otros y pensando que otros los piensan. Viven los espejismos del momento y del momento se vuelven esclavos. Todos ellos piensan en ellos. Yo pienso en mí. Nadie de ellos piensa en mí pero yo sí pienso en ellos. Pierdo mi tiempo. Es mejor seguir caminando hasta llegar al abismo para después saltar en él y disfrutar de la caída. Ojalá sea muy profundo para poder finalmente sentir que vuelo. Ojalá que la caída sea eterna. Ojalá que sea un abismo hacia el cielo.

0 comentarios:
Publicar un comentario en la entrada