Pensé que sólo había sido un sueño medio oriental, medio occidental. A final de cuentas fue un sueño que no tenía un referente histórico ni geográfico. Pero te vi en él, situada sobre una blanda alfombra de múltiples colores y llamándome con tus manos y el resto de tu cuerpo. Quizás haya sólo sido uno de tantos espejismos que he tenido en mis eternas y amargas soledades; mas no lo creo. Eras tan real, tan fragrante como una flor del más entrañable aroma. Entonces me dejé guiar hacia la parte más íntima de ti y en ella me reconocí como una parte más de ti.
No hay aún un discurso, ni aunque sea el más elaborado, que pueda convencerme de que tú no eres para mí. He sabido a través de todos estos años que tan sólo una voz me ha llamado con la fuerza que la tuya lo ha hecho. Me he postrado ante ti de la manera más sublime y he mencionado tu nombre, y he evocado tu imagen, y he entregádome a ti como una tarde estival perenne. Y todo esto para poder sentirme tan de tu esencia que en cualquier momento te verás rodeada de mí aún cuando tú no te hayas dado cuenta.
Y entonces, desterrada de tu propia existencia y albergada en mi locura y algarabía de tenerte, todo lo que veas será de mí y de ti, como aquel espectáculo que elaboraron las más sabias decisiones de una naturaleza que no cesa de asombrarnos con su felicidad y entrega. Eres mía, y aún cuando nuestro propio raciocinio o el pensamiento de ajenos no lo consideren así, nuestra propia naturaleza y la necesidad de estar ahí, yo para ti, y tu para mí, dictarán la última palabra. ¿O acaso no es tan deleitante tenerme dentro de vos y yo tenerme tan alrededor de ti?
Eres y serás siempre como la bella danza y la buena música. No cesan de mutarse en ti los ritmos de oriente ni los de occidente. Supe de repente que la música eres tú y que lo eterno es tu cuerpo que se desliza entre la rítmica interminable de la música que nos hace ser y estar. ¿Cómo poder entonces olvidarme de ti y de lo que eres, si en la música que hago, que escucho, que danzo pobremente estás tú tan ricamente inarrancable e incansable?
No me esfuerzo, ni siquiera intento darte menos importancia de la que realmente tienes, amada mía, sombra inmortal que me sigue a donde quiera que voy sin detenerse. Eres solemne e imborrable dentro de todo aquello que ha perdurado por siempre. No voy si no estás ya en mi mente, no hago si no has sido tú ya hecha primero en mis anhelos. ¿Hacia dónde podría yo ir estando sin ti? ¿Dónde podría yo estar estando tú ausente?
Todo es una cuestión interminable dentro de la zozobra. Sin embargo, eso que no sabemos es lo que nos mantiene dentro de todo lo que somos y lo que hemos logrado. No quiero que mueras para deleite de los dioses, quiero que vivas para deleite mío; tú que eres el placer de este pobre trozo de carne con mente y sentimientos. No permitas nunca que la desdichada muerte acuda a tus suplicas o llamados desesperados de noches frías y sin sentido. No dejes que ella se apodere de lo mucho que hemos logrado mediante un esfuerzo humano y capaz de todo lo imaginable. Eres mía y yo de ti, la muerte es nada en comparación con esto.
Me deshago en ahogos inútiles sin la esperanza de resolverte ningún problema. Mi ser se estremece con el dolor de antaño mientras este presente alimenta mi incansable dolor de perderte. No lo quiero para mí, no lo quiero para ti, no lo he querido nunca para ninguno de los dos. Atiende a este llamado que ha osado mi corazón y todo lo que aún queda sano de mi ser y mi mente. Yo y todas las culturas del tiempo y del espacio pedimos un poco de ti y de tu gracia. Sé lo que debas de ser, ángel mío, pero espero que en todo lo que llegues a ser siempre haya un gran espacio para al menos el recuerdo de aquél que un día imborrable te amó de verdad y siempre se preocupó por tu bien, aún cuando todo ello le pudiera haber costado una infinidad de dulce sufrimiento, aún cuando todo ello se convierta en un escondido y amargo deleite a cambio de todo el inmenso bien y tesoro que tú hayas podido recibir aunque yo ya no te tenga más.

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