Han pasado varios años ya desde que murió el silencio. Pensé estúpidamente que esa había sido la mejor, la única solución. Adornar la vida con las bellas palabras, con las sublimes acciones: non esse rursus auditor tantum nunquam! (no ser nunca más tan sólo el que escucha).
Imagino que Juvenal estaba por morir cuando decidió romper su silencio y escribir sus inmortales remiendos satíricos: nunca vio el resultado de su obra. Y yo, indigno e infame soñador, me creí el hombre adecuado para convertirme en verdugo y asesino del silencio. Porque sí, pensé aniquilar el silencio con mis ideas, mis pensamientos, mis acciones, mis discursos, mis intentos fallidos por lograr una trascendencia inútil y vana que guardaba para después de mi muerte. Quise rebelarme ingenuamente contra lo predestinado por el nihilismo profético que habitaba en mí. ¿Y el resultado? Ni un solo libro, ni un solo poema que valga la pena recordar.
Han pasado varios años ya desde que creí haber matado el silencio pero esta noche resucita para matarme, para cometer un homicidio más. Esta es la única verdad. Quien realmente murió fue la esperanza, la idea subversiva de un hombre que ya estaba destinado desde su nacimiento a una muerte envuelta por el silencio del olvido.

0 comentarios:
Publicar un comentario en la entrada