¿Cuántas veces no nos regocijamos al recorrer juntos esas calles de la antigua ciudad al sur de nuestro viejo país? Caminábamos y caminábamos sin descanso. Recorríamos y recorríamos sus museos, sus plazas, sus mercados, sus bares y sus hoteles. Comíamos en todos los restaurantes, nos embriagábamos con todos sus vinos y hacíamos el amor en todas sus partes. Nos bastaban siempre unas cuantas palabras para activar los músculos y nuestros sentidos. Y los días eran eternos junto con sus miles de noches radiantes sembradas con estrellas y cosechadas en paz. Era una ciudad sin tiempo, en verdad, tan saturada con todos los colores del universo, tan embotada con todos los placeres interminables de nuestra historia.
Extraño en verdad aquellos días sin prisa, aquella vida sin tiempo. Añoro que volvamos a caminar por esas calles y plagar nuestros pensamientos con la sabiduría de nuestros años y la experiencia ganada por nuestros cuerpos. Modelo a diario copias fallidas de aquella nuestra ciudad sin tiempo mientras respiro nostalgia y me alimento del deseo. Y así, escribiendo sobre nuestros días en esa ciudad maravillosa que nos cobijaba al apagar la farola de la realidad, me contento tratando de mantener nuestro tiempo detrás de la puerta de los viejos archivos de la memoria. Sé que al abrirles la puerta cotidiana del anhelo de tenerte podré poblar tu ausencia con su presencia, esperando pacientemente el día en que tú te decidas a volver.

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